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En Flandes se puso el sol para el Atlético, por Alfaro
- 01/08/2008
- futboldelacasa.com
El Atlético de Madrid lucha con tenacidad para acabar con el “sanbenito” que le viene marcando desde hace casi treinta y cinco años. Sus “spots” en televisión tienden a “lavar” esa imagen desgraciada, en la que los rojiblancos tropiezan con todo lo peor. El reciente sorteo de la previa de la “Champions” así lo ha vuelto a demostrar. Parece su destino.
Uno recuerda con dolor el que sin duda fue el peor lance deportivo del Atlético, naturalmente en la Copa de Europa, esa competición que afronta ahora con ilusiones renovadas.
Ocurrió el 15 de mayo de 1974 en el estadio Heysel de Bruselas. Era la final de la Copa de Europa entre el Atlético de Madrid y el Bayern de Munich. Bruselas era una gran fiesta. Sus calles y avenidas más céntricas estaban abarrotadas de seguidores de ambos equipos, desplegando banderas, gorros, bufandas y todo tipo de símbolos de ambos clubes. Alegría desbordante y generosidad en el consumo de cerveza. La fiesta ya había empezado.
Jamás asistí a un espectáculo similar. Algo grandioso. El respeto y la admiración mutuos era el común denominador de aquellas aficiones. El “Mannenken Pis”, con su chorreo eterno, era otro de los grandes focos de atención, así como el Atomium, los mercadillos y. cómo no, los célebres “escaparates” con chicas despampanantes detrás de los cristales. Era la gran fiesta del fútbol europeo. La culminación a la gran temporada de madrileños y bávaros.
Luego, en el vetusto estadio de Heysel, junto al espectacular “Atomium”, la fiesta creció hasta tomar caracteres indescriptibles. Las banderas cubrían las gradas y era casi imposible ver los rostros de los aficionados. El partido, aquella final inolvidable, era tenso, emocionante. Por un lado los Maier, Breitner, Müller, Beckenbauer, Roth, Hoenness, y por otro, Miguel Reina, Abelardo, Gárate, Irureta, Luis Aragonés, Ufarte, “Cacho”Heredia… ¡Qué equipos!
Los noventa minutos transcurrieron en un permanente “toma y daca “, manteniendo la tensión de los cincuenta mil espectadores. Ocasiones de gol sin fraguar y ¡prórroga!. Era demasiado. En el minuto 113 Luis Aragonés lanzó una falta de manera magistral, como Valdo, el negrito del Valencia, le había enseñado. Maier nada pudo hacer. Los treinta mil alemanes, frenéticos hasta entonces, enmudecieron. A siete minutos del final el Atlético parecía tener el preciado trofeo en sus manos. Era Campeón de Europa…o casi.
LA FINAL MÁS LARGA
En el minuto 119 propuse a mi compañero de pupitre la conveniencia de irnos retirando, para evitar el atasco inevitable en un estadio arcaico, con gradas de madera y vigas de hierro que entorpecían la visión, construido a principios del siglo XX para la Olimpiada. Faltaban unos segundos para que el belga Vital Loreaux pitara el final. Nos levantamos de los asientos y ¡qué horror!, el Bayern acababa de empatar. Schwarzenbek, desde lejos, había sorprendido a Reina. Abatimiento total rojiblanco y nueva final dos días después. Era la final más larga de la historia, ya que hasta entonces jamás se había registrado una repetición. Cuarenta y ocho horas más tarde, el Bayern, con la moral recobrada y cuatro años más joven que el Atlético, arrolló por 4-0.
DESOLACIÓN
Cuando bajamos a la Sala de Prensa –o lo que fuera aquello– el espectáculo era dantesco. Los jugadores atléticos, abatidos, llorando, desesperados, estaban seguros de que no podrían aguantar el nuevo partido. La desolación era total. En Flandes se volvió a poner el sol.
Fue entonces cuando Vicente Calderón, a la sazón presidente del club, dijo aquello de “somos el Pupas”. Me recordó a Segismundo y sus versos inmortales:
¡Ay , mísero de mí, infelice…! / ¿No nacieron los demás? / Pues si los demás nacieron, / ¿Qué privilegios tuvieron / que yo no gocé jamás?
Pero tras aquel partido la historia negra atlética no se interrumpió. Siempre tuvo más sombras que luces. “La forza del destino”. Junto al doblete histórico logrado por Radomir Antic, llegaron pleitos, juzgados, comisarios judiciales, intervención, fallos y condenas que no se cumplieron, porque la lentitud de la justicia española hizo que delitos demostrados prescribieran, y posibilitó que tipos convictos y confesos continuaran sueltos en vez de ir a prisión.
Pronto se cumplirán 35 años desde la memorable final de Heysel, el estadio donde murieron 39 aficionados en la luctuosa final de la Copa de Europa entre la Juventus y el Liverpool.
Existen unos versos de mi paisano José de Espronceda, que dicen:
Linda flor, que mal naciste / y qué triste fue tu suerte / al primer paso que diste / te encontraste con la muerte, / el dejarte, es cosa triste, / arrancarte es cosa fuerte/… y el dejarte con la vida, es dejarte con la muerte…
JUAN MARÍA ALFARO
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