Bloggers: Tercer tiempo

UN PRESIDENTE FELIZ

31.03.2008

Para un ciudadano norteamericano no existe mayor elogio que el de etiquetarle como un “self made man”, en cristiano “un hombre hecho a sí mismo”. La gran tierra de promisión que siempre fue Estados Unidos hizo posible que hombres ignotos como Franklin, Roosevelt y otros, alcanzaran las más grandes cotas de popularidad, fortuna y poder, escalando a la cima desde lo más bajo, como las águilas. Así empezó la “leyenda americana”.

En el fútbol español existen muchos presidentes que se hicieron célebres e importantes empezando desde cero. Todos los conocemos, aunque prefiero no citar ninguno. Pese al cordón multimillonario que les rodea dan la impresión de no ser felices. Se les ve en los palcos de los estadios y parece que tienen un sable atravesado. Están tiesos, encorsetados, hieráticos, rígidos, no mueven un solo músculo. Miran de soslayo el televisor y, cuando advierten que la TV les enfoca, no saben donde colocar sus manos, qué hacer con ellas, qué postura adoptar. Hombres que no dudan a la hora de los negocios, titubean, fingen, carecen de naturalidad. Permanecen inmóviles. Algunos recurren a la estampita o medalla santas y las besan devotamente. Parecen confiar más en lo divino que en lo humano. Un mal trago, vaya.

DIFERENTES

Sin embargo, dos presidentes no ocultan su alegría ante la victoria. Uno, Miguel Ángel Revilla, presidente de Cantabria, que prefiere la grada palco. Estar arropado por su gente y poder saltar y gritar como un forofo más. “Sé que en los palcos hago el ridículo; prefiero estar entre los míos”, ha declarado.

El otro es Ramón Calderón, máximo rector del Real Madrid. Un hombre sin complejos ni prejuicios, que salta en los palcos, que saluda a tirios y troyanos y reparte todo tipo de regalos entre los aficionados. Pese a haber sido acusado de graves irregularidades, él, como Antón Pirulelo, sigue atento a su juego. Nada ni nadie le aparta de su “modus operandi”: la sonrisa.

En el último almuerzo de Navidad reunió a más de doscientos periodistas, ofreciendo un cocido madrileño, y regalando una bicicleta por invitado. “Dádivas quebrantan peñas” (Cervantes). Pero lo mejor fue cuando, previamente, tomó la palabra y tendió su mano a quienes le machacan diariamente con sus acusaciones. “Tengamos la fiesta en paz”, vino a decir. Que la Navidad dure los 365 días del año o uno más si es bisiesto. Alguno de sus fiscales huyó prematuramente, sin esperar a los garbanzos, la bicicleta y el café. Pareció sentirse como un intruso.

Estaba junto a mi mesa, nervioso, taciturno, cabizbajo, mascullando algo así como “plus dure serait la chute”. Más dura será la caída, que dicen los franceses. Y se fue el primero, sin apenas saludar. Como si no soportara aquel ambiente tan favorable al presidente blanco, que estaba radiante, triunfal y sonriente y además jugaba en casa. Se fue haciendo buena la sentencia de Concepción Arenal: “el hombre aislado se siente débil y lo es”.

Calderón en estado puro. El más feliz del mundo. Cuando iba a las Asambleas como simple compromisario, era el ariete que abría los debates. Hoy tiene que sufrirlos. A decir verdad, al socio de cualquier equipo –lo acaba de decir Fabio Capello – sólo le importa los triunfos. Pasa de los pleitos. Si además gana dos ligas seguidas…

Mientras tanto, el presidente del Real mantiene la actitud del vencedor sonriente. Nada le desanima. Primero dijo “vamos a hacer el triplete”; después de la eliminación en Copa del Rey, “aún nos queda la Champions y la Liga”. Ahora sólo esta última. Como en una novela de Agatha Christie, los negritos van desapareciendo. Sólo queda la Liga. Aspirando a tanto, es poca cosa. A pesar de todo, Calderón sonríe, sonríe siempre. A veces justificadamente. Emulando a Groucho Marx parece decir “estos son mis principios, pero si no les gustan, tengo otros…”

El Real, jugando excelentemente, ahuyentó las brujas derrotando al Sevilla. La Liga, una vez más, parece definitivamente sentenciada. Calderón, tras el mal trago ante el Valencia, volvió a sonreír. El cejo fruncido apenas le ha durado siete días. En ocho semanas la fiesta puede hacer época.
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Acerca del Autor

Juan María Alfaro

El punto de vista más personal de "La Central de Datos". En este blog, Alfaro dejará de lado las frías estadísticas para exponer sus opiniones y pareceres.